Los músicos que integran la banda de Milo J hablaron sobre el trabajo detrás de sus shows, la búsqueda sonora del artista y su vínculo con el folklore. De Vélez a un Tiny Desk, pasando por la murga y los ritmos folklóricos, contaron cómo es trabajar con un músico que constantemente propone nuevos desafíos.
Trabajar con Milo J implica estar permanentemente dispuesto a salir de los lugares conocidos. Así lo describieron Lautaro Fernández, guitarrista, productor y arreglador, y Martín Beckerman, baterista y percusionista, durante una entrevista en Radio Continental Córdoba.
Fernández, que además de músico cumple un rol central en los arreglos y la dirección musical, contó que una de las claves del trabajo es interpretar las ideas de Milo y llevarlas al terreno musical.
“Él tiene muy claro lo que quiere hacer y básicamente yo lo que tengo que hacer es interpretar lo que él quiere y poder trasladarlo a la parte musical”.
Para Lautaro, esa búsqueda no se termina nunca. Incluso cuando parece que un espectáculo ya está definido, Milo puede plantear una nueva idea que obliga a repensar todo.
Un ejemplo fue el Tiny Desk que realizaron después de preparar el show de Vélez. El desafío fue pasar de la escala de un estadio a un formato mucho más reducido y, al mismo tiempo, mantener la identidad musical del proyecto.
“Es un pibe que no te deja de sorprender”, explicó Fernández. “Cuando nosotros estábamos armando Vélez me cayó con la de: ‘Che, tenemos que hacer un Tiny Desk’ y había que pensar todo nuevamente y reducir”.
En esa búsqueda apareció también la murga. Para el Tiny Desk convocaron a integrantes de La Catalina para sumar coros murgueros a canciones que originalmente tenían una fuerte raíz folklórica.
La propuesta llevó a combinaciones poco habituales: coros de murga sobre una chacarera o sobre un chamamé.
“Quiero que canten murga arriba de folklore”, recordó Lautaro que les planteó Milo. Y ese tipo de cruces, justamente, es uno de los aspectos que más desafía a los músicos.
Martín Beckerman trabaja principalmente sobre el show en vivo y explicó que una de sus tareas consiste en convertir las composiciones y producciones de Milo en una experiencia interpretada por una banda.
“Es súper interesante el desafío porque Milo tiene bastante claro qué es lo que está queriendo”, señaló.
El baterista y percusionista destacó además la amplitud de sonidos que propone el proyecto. Desde instrumentos y recursos tradicionales hasta sonidos latinoamericanos, elementos electrónicos y percusiones menos convencionales.
“La paleta de colores que propone es infinita”, resumió Beckerman.
Para él, uno de los desafíos más interesantes consiste en lograr que exista un diálogo permanente entre lo grabado y lo que ocurre arriba del escenario: que lo grabado pueda sonar vivo y que lo que sucede en vivo conserve la precisión y la riqueza de una producción de estudio.
Uno de los puntos centrales de la charla fue el vínculo de Milo J con el folklore argentino.
Martín Beckerman fue contundente: Milo no busca ocupar ni disputar un lugar dentro del folklore tradicional.
“Él no es un músico de folklore y tampoco le interesa ir a disputar esos lugares”, explicó.
Según Beckerman, el acercamiento del artista al género tiene que ver con abrevar de una tradición para construir algo nuevo, sin pretender reemplazar ni competir con quienes llevan décadas trabajando dentro de esa música.
“Las casillas vienen después que la música”, sostuvo.
Lautaro Fernández, nacido en Salta y con una fuerte trayectoria vinculada al folklore, coincidió con esa mirada y destacó especialmente el respeto con el que Milo se acerca al género.
“Él lo hace desde su lugar pero es muy importante que lo haga desde el respeto”, afirmó.
Y contó una experiencia significativa durante la grabación de La vida era más corta: no le pidieron que modernizara el folklore ni que buscara una nueva versión del género, sino que tocara desde su propia identidad como músico salteño y folklorista.
“Me dijeron: ‘Queremos que tu guitarra suene como tocás vos, como salteño, folclorista, a lo Chalchalero’”.
Para Fernández, allí está una de las claves del proyecto: Milo no utiliza el folklore simplemente como un recurso estético, sino que se acerca a sus referentes y a su tradición desde el reconocimiento y el homenaje.
La experiencia de trabajar con Milo también implica moverse entre formatos completamente diferentes: desde un estadio como Vélez hasta un Tiny Desk, y desde una producción urbana hasta una canción de raíz folklórica con arreglos murgueros.
Esa amplitud, coinciden los músicos, es parte de la identidad del proyecto.
Beckerman lo definió como una especie de “usina de música” permanente, impulsada también por la juventud y la curiosidad de Milo.
“Él es como una usina de música muy grande, muy permanente”, sostuvo.
Y para ambos, más allá de las etiquetas de género, lo importante es lo que esa búsqueda genera: que nuevas generaciones se acerquen a músicas que quizás sienten lejanas, como el folklore tradicional, y las descubran desde otro lugar.
La conclusión de los músicos es clara: más que preguntarse si lo que hace Milo J es folklore, trap, freestyle o murga, el desafío parece estar en escuchar qué sucede cuando todas esas músicas pueden convivir.